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La Gomera, un isla de esencia, sabor y tradición

El Parque de Garajonay, Reserva de la Biosfera, y el Silbo, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, son dos de los muchos valores que hacen de la Isla un destino turístico singular.
Domingo Barbuzano
8/oct/18 6:19 AM
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La isla de La Gomera tiene muchísimos valores. A pesar de ser la segunda más pequeña del Archipiélago, es muy grande en el corazón de los canarios y de miles de visitantes de diferentes países que la han consolidado como un destino turístico singular.

Si cogemos la senda de la esencia de La Gomera, habría que hacer un alto en el Parque Garajonay nombre en recuerdo de la leyenda de los amantes Gara, princesa aborigen gomera, y el guanche tinerfeño Jonay, quienes, al no aprobar sus familias su amor, tomaron la decisión de clavarse una lanza de madera y tirarse desde el pico más alto de la Isla.

Garajonay está declarado Parque Nacional, Lugar de Interés Comunitario, Zona de Especial Protección de Aves, Bien Natural del Patrimonio Mundial y, junto con el resto de la Isla, Reserva de la Biosfera.

El parque ocupa la meseta central de la Isla, así como las cabeceras de los barrancos que radian de la misma, desde los 650 metros de altitud, hasta los 1.487 metros en el Alto de Garajonay.

Los bosques de Garajonay no son homogéneos. Se aprecian diferentes tipos y otras formaciones vegetales donde viven con unas 2.000 especies de flora, destacando el elevado número de especies endémicas exclusivas de La Gomera y de Canarias, como el fayal-brezal seco, el palo blanco, el barbuzano, el brezo o la faya.

La gran variedad de hábitats del parque alberga una rica y diversa fauna, formada por invertebrados, vertebrados, anfibios, reptiles y aves, muchos de los cuales son endémicos. En Garajonay se conserva la laurisilva de forma muy exuberante porque las temperaturas varían muy poco y la humedad es abundante debido al mar de nubes que hay sobre el parque. La laurisilva, que se extiende sobre un 73% de Garajonay, es la mejor manifestación de dicha vegetación macaronésica, albergando el 85% de los mayores árboles de este ecosistema en Canarias.

En el silencio del famoso bosque es donde mejor se puede valorar y entender el silbo gomero, que es el habla hecha sonido y una forma de comunicación única de una cultura como la gomera que, desde hace siglos, ha sabido convertir las modulaciones del silbo en palabras inteligibles, con el fin de emitir y recibir mensajes a larga distancia. Una forma de comunicación muy útil en una sociedad que habita espacios montañosos, por la dificultad que supone cubrir las distancias.

La Asociación Hautacuperche señala que "los primeros pobladores de este Archipiélago, bereberes procedentes del noroeste de África, fueron los que trajeron a las Islas el lenguaje silbado."

Añade que, a partir de entonces, los aborígenes canarios siguieron utilizando el silbo en sus actividades cotidianas y su práctica fue menguando por diferentes razones, hasta el punto de haber desaparecido de la mayoría de las islas, siendo La Gomera donde se concentra la práctica actual del silbo canario, con personas mayores que aún lo practican y con escolares que lo aprenden en clase.

Esta particular forma de comunicación ha supuesto también un motivo de orgullo e identidad para los gomeros, que han luchado por su conservación y revalorización, hasta el punto culminante de obtener la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco (30 de septiembre de 2009). Por esto, La Gomera es la isla del silbo.

Desde 1999, el Gobierno de Canarias introdujo el silbo como asignatura en las escuelas gomeras, manteniéndolo vivo y evitando su extinción.

El silbo gomero ha traspasado fronteras como es el caso de una canción inspirada en La Gomera, "Silbo", que ha cosechado un notable éxito en las listas francesas de música: "En la isla de La Gomera/se oye el silbo en eco./Entre dos montañas amarrado a las nubes,/un guanche silba para invitarte a cenar./De menú, un mojo picón que sube a los ojos./Y de nuevo un silbido para decirse adiós".

Pero La Gomera es también una sinfonía de sabores, representados por sus quesos, su singular potaje de berros, su almogrote, su repostería, sus vinos, el gomerón y, como estrella culinaria, la miel de palma. Un producto que no es solo un ingrediente importante en la gastronomía, sino que además, como bien dice Almudena Fernández, posee propiedades medicinales que lo convierten en una sustancia que desde antaño ha sido indispensable para el gomero a la hora de fortalecer o mejorar su organismo.

Para obtener este producto relevante de la medicina popular gomera, las palmas se curan cuidadosamente talando las ramas superiores y accediendo a su blando y carnoso cogollo. Este se raspa con un formón muy fino hasta conseguir que la planta comience a drenar su dulce sabia, el guarapo. Con esta denominación se conoce en Canarias y en especial en La Gomera a la savia de la palma, una bebida muy apreciada en la Isla.

El producto final, la miel de palma, se obtiene a partir de la cocción del guarapo. El guarapo se recoge por la mañana y una vez limpio de las impurezas, se cocina durante horas para encontrar el punto perfecto de cocción. La miel una vez conservada, es de larga durabilidad y, como se ha dicho, sus propiedades gastronómicas, medicinales y dietéticas son extraordinarias. Un néctar de gran valor para la salud.

Pero La Gomera también es música, en la que sobresale el ritmo del tajaraste con las chácaras y el tambor, que es un instrumento de percusión típico de la Isla que le da nombre, el cual construye el artesano con madera de mimbrera y parches de piel de baifo. Además dispone de un cordón metálico que confiere al tambor su sonido vibrante característico.

El tamaño está entre los 30 y 35 centímetros de circunferencia, con una caja de 8 centímetros de altura y dos aros de 4 centímetros a los que hay atada una cuerda (liña barquera) que tensa los parches.

Los gomeros tocan el tambor sujetándolo con una mano hacia arriba, golpeándolo en posición vertical, a la manera del bendir africano, pero con una baqueta.

Como han dicho muchos estudiosos "desde tiempos inmemoriales, el canto, acompañado de chácaras y tambores, ha sido la forma de expresión de los gomeros. Auténtica seña de identidad, crónica de nacimiento, vida y muerte. Presente en el proceso productivo de la comunidad, tanto en las labores del campo como en las domésticas y artesanales, pero sobre todo en ese tiempo entre trabajos, en descansos y pausas, o tras finalizar las tareas propias de la jornada (prácticamente usado como canto de trabajo); en la vida cotidiana y como vehículo de relaciones sociales; en las fiestas religiosas y patronales, y en los ritos funerarios (como por ejemplo el velorio de los angelitos)."

A este típico instrumento están muy ligados el romancero gomero y el Baile del Tambor, donde conviven elementos aborígenes, como son los instrumentos empleados (tambor y chácaras), el ritmo y forma de cantar y bailar, con aportaciones castellanas, como el romance o el encordado del tambor.

Hablar de La Gomera es hacer también un alto en la artesanía, sobresaliendo la cerámica en manos de las loceras, que han conservado una técnica alfarera muy antigua, practicada ya por los aborígenes que vivieron en la Isla antes de la llegada de los conquistadores y tiene un parecido con la cerámica del norte de África.

Este oficio tradicional es realizado exclusivamente por mujeres y se transmitía de madres a hijas.

Estamos, por lo tanto, ante una tradición casi extinguida que ha llegado hasta la actualidad, a pesar de haber perdido poco a poco su importancia en el tejido social y productivo de la Isla.

Nunca tuvo gran prestigio social, a pesar de ser una labor fundamental para los habitantes de la Isla, ya que se abastecían de tiestos y todo tipo de recipientes, cada uno con una función cotidiana específica (recopilar la leche del ordeño, para cuajar la leche o para amasar gofio). Pero hoy la cerámica gomera es una joya del acontecer histórico artesanal.

Las loceras del barrio de El Cercado, en la población de Chipude, son en la actualidad el último vestigio de producción alfarera que queda en La Gomera, en donde han sabido mantener el legado de sus antepasados, manteniendo una tradición con piezas únicas elaboradas minuciosamente a mano, sin ayuda de moldes o tornos. Todas ellas con fondos planos pequeños, de los que parten las formas circulares u ovoides que dan lugar a la estructura.

Una técnica que empieza con la dura labor de la preparación del barro con técnicas tradicionales (majado con palos, amorosado o curtido y amasado a mano) y que puede llegar a requerir casi un mes hasta obtener la pieza final, contando las etapas de elaboración: preparación del barro, amasado, raspado, alisado, almagre (si se quiere darle un tono rojizo), horneado y diferentes fases de secado.

Muchos valores gomeros quedan atrás, pero vaya a cada uno nuestro reconocimiento, lo que, como a la Isla toda, lo haremos con parte del romance de Lucas Mesa Cabello: "Le dedico este romance con cariño verdadero/ a la isla pequeñita que dentro mi alma llevo,/ se trata de La Gomera, la isla de mis desvelos./ Juro que en ella nací, yo mi patria no reniego,/ porque el que niega su patria le falta conocimiento./ Sea pobre o sea rica es mi patria lo primero/ que yo adoro en este mundo con cariño y con respeto,/ porque en mi patria se guarda la cuna de mis abuelos."