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BOCADOS DE REALIDAD (III) POR MATÍAS FERNÁNDEZ

La Muralla

10/jun/18 6:34 AM
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La Muralla

¡Tum tum! ¿Quién es? Nadie responde. La Muralla no se abre. ¡Tum, tum! ¿Quién es? Al tercer reclamo se escucha una frase desde afuera: ¿Las chicas guapas siguen siendo las del Toscal? Esta vez no hay réplica desde dentro. Apenas un dulce susurro en los labios de Mike Oldfield: Trátame como un tonto, trátame como un perdedor, soy (tanto él, como yo) una sombra en la pared. Y yo, Mat Fernández, estaba dentro.

En el Toscal. El único barrio del viejo Santa Cruz, invicto ante el espectro de cualquier Plan ya sea General o Especial. Ya se sabe el origen etimológico del término planeamiento, traducido por los toscaleros como: planeo + miento. La zona irreductible se enclava dentro del Distrito Centro-Ifara, que resiste dentro de sus lindes: al oeste, la franja de Gaza del Pilar; al norte, el parque (¿sin cámaras?) García Sanabria; al este, el museo militar de Almeyda; y al sur, La Muralla. Dejé a mi espalda el muelle de Ribera (con b no con v) y callejeé por un laberinto de calles y edificaciones fantasmales que amenazaban con derrumbarse. Mis pasos eran un regreso al pasado, flanqueado por solares y casas terreras en estado ruinoso. Y, ocultos detrás de las ventanas, como las viejas del visillo, se escondía una población de una docena de miles de personas.

Hubo una época en que todo fue bonito, lindo, precioso. Había Bellos en el Cabildo y Hermosos en el Ayuntamiento. Y mucho antes, la vida se respiraba entre personas y personajes, gentes y oficios, perros y gatos. Desde la mañana, los panaderos dejaban sus panes en las talegas colgadas en cada puerta, los repartidores de leche rellenaban las botellas de cristal, casa por casa, y los vendedores ambulantes, entre el ruido de los carritos blancos de ruedas rojas rodando sobre los adoquines, se desgañitaban anunciando pescado fresco. Por la zona se mantienen la calle Santiago Cuadrado y los colegios Fray Albino y Onésimo Redondo, que demuestran que aún no ha pasado por allí la horda de los cambia nombres. Restan los últimos refugios del Hogar Escuela y el Montesori. Lo que aún se mantiene en pie, resiste de noche todo el día, bajo el espectro de los mamotretos de usos múltiples. Aquella historia crepuscular no necesita proyectarse en los inexistentes Ideal Cinema, Cine Toscal (luego Real Cinema y Cine X), Royal Victoria o Teatro San Martín.

Llegué al punto de encuentro: El Quitapenas. En el bar me esperaba el George Best del barrio: Ánghel Morales (con H). Poeta, editor, exfutbolista, extoscal-lover, experiodista (expulsado con tarjeta roja de todos los medios de comunicación, escritos y orales, por ser fiel a sus principios). El tiempo se conservaba detenido a la espera de un Vickie el vikingo que, desde La Casa de Los Dragos, con argumentos y utilizando la inteligencia en vez de normas del siglo pasado, exclamara: ¡eureka!, con un Plan General o Especial que llueva y no se moje como los demás. Envueltos en la cafeína, bromeamos con la idea de que una comisión de negociadores municipales deberían, aprovechando el descuento de la tarifa aérea arañado por la Novísima Canarias (¡fuerte pesadez reinventarnos continuamente!), trasladarse a la capital del reino y revertir los 500 millones de euros negociados entre los tramposos y los traidores y destinarlos a una Y griega del Toscal, una baranda chula para asomarse desde La Muralla y telas para el disfraz de La Traviata. Intentarían estas primeras semanas de junio alcanzar un acuerdo en la negociación, aprovechando que el foco de atención en la isla estaba volcado en las romerías, tenderetes, verbenas y bailes de mago con La Sabrosa, La Maracaibo, La Acapulco, La Guayaba y Los cinco de Tejina. La idea era una mierda. Pero no había Plan B.

La cafeína dejó sin espacio a las palabras. La ciudad había dejado abandonado, a su suerte, el Toscal. El barrio nos recordaba a ambos a un Mogadisco chicharrero en el que los de siempre especulaban, metro cuadrado a metro cuadrado. Allí en el Quitapenas ideamos un grupo de operaciones especiales de vecinos. En aquella entrevista llegamos a articular quiénes serían nuestros Rangers, Delta Force o Navy Seals para viajar hasta las mismísimas entrañas del Toscal y rescatar, casa a casa, el pasado. Apenas se divisa el Atlántico, pero no hay problema, la Junta de Gobierno nos puede montar otra charca en la plaza del Príncipe igual de amplia que la de la Plaza de España, así que puedo seguir en el engaño que es el Mar Negro y la costa somalí lo que hay más allá del muro.

En las aceras, las mismas chicas que en los 70 eran las más guapas de la ciudad, paseando mentalmente por los recoletos y viejos rincones. En una espiral en la que cada día es Martes Santo y acompañan, ahuyentando el moderno cólera, al Señor de las Tribulaciones desde San Francisco. Nada cambiará mientras siguen paseando las chicas guapas del ayer... que sabemos que nunca más regresarán. Igual que la panadería de Asensio, la fábrica de Caramelos Yumbo, el molino de Gofio de La India, el estanco de Fife, la venta de los Herreros o los garajes Camacho. Son demasiados recuerdos. Me dicen que la Alicantina también cerró. ¿Y ahora la horchata dónde? Ánghel se marcha a la zona O, a reconstruir las ciudadelas de San Martín. Tuvieron idéntico destino que el Parque Recreativo, y en un encuentro en la Segunda Fase del futuro, la Ciudad Juvenil de la O.J.E., llena de chavales con boina azul, camisa gris, pantalón corto azul y medias blancas de lana. Son el pasado, salvo que Aznar, poseído por el padre Flanagan de la Ciudad de los muchachos, la incluya en su proyecto de refundación del centro-derecha.

Y así se pasó de un Puerto Escondido a un Boulevard (de los sueños rotos), con una demolición, a la que asistieron las autoridades y numeroso público, y donde se escuchó alto y claro, como en cualquier casino, que se precie: ¡La banca gana!

BOCADOS DE REALIDAD (III) POR MATÍAS FERNÁNDEZ