Jordi Sierra: "Creo en la educación que prima la lectura sobre el estudio"

A los 17 años leí ‘El manantial’, de Ayn Rand, y establecí mi código ético: paz, amor, respeto, honradez y esperanza

Jordi Serra i Fabra.

Jordi Serra i Fabra. / jordi cotrina

elena pita

560 libros publicados, muchos de ellos de lectura recomendada en las escuelas. En Latinoamérica lo reciben como a un ídolo de masas: en Medellín lo reconocen como el gran benefactor de la paz y el futuro para los jóvenes. Ha creado un premio de literatura juvenil y dos fundaciones que llevan su nombre (en Cataluña y Colombia) y trabajan para fomentar la lectura y la escritura en adolescentes, y para velar por su salud mental. Publica Yo, Elisa (Siruela), nouvelle juvenil basada en casos reales de suicidio de menores causados mayormente por la presión de las redes. 

Sostiene el escritor que nació a los 22 años, cuando le nombraron director de la revista Disco Expres con un buen sueldo que le permitió dejar sus siniestros trabajos para dedicarse a escribir. Pero la realidad es que 1) escribía desde los 8 años y 2) misma edad en que nació por vez segunda atravesando en estampida una puerta de cristal, ¡crash, cataplum, zas!, que le obligó a pasar varios meses en el hospital. Ahí supo que sería escritor a fuerza de voluntad, y su padre, obrero y con lógico descrédito, llorando lágrimas de dolor. Su primera epifanía data de 1947, Barcelona. 

‘Yo, Elisa’ es la suma de varios casos reales que se repiten: ¿a qué proporción de adolescentes diría que afecta esta toxicidad de las redes y los canales mediáticos?

Hace dos años leí en una encuesta que el 50% de los jóvenes no están de acuerdo ni con su imagen ni con su cuerpo. Entonces, este libro llevaba ya otros dos años escrito, pero el asunto del suicidio era rechazado por las editoriales: no, el suicidio no se toca. Ahora resulta que las noticias han puesto de moda hablar de ello. A los chicos siempre les digo: ponte frente al espejo, desnúdate y aprende a quererte; créete a ti mismo, porque de lo contrario nada bueno podrás transmitir a los demás.

¿Por qué los gobiernos se niegan a controlar el robo de intimidad a los más vulnerables a través de las plataformas o las redes?

Los móviles son un agujero negro y un arma de destrucción masiva en manos de los adolescentes. No entiendo cómo los padres compran un móvil a su hijo para tenerlo controlado y leerle sus mensajes. Pero coartar la libertad es también un problema. Yo creo en la educación.

¿Estamos ante un caso de monopolio de poder como ya lo eran las tabacaleras, petroleras, etcétera?

Sí, claro, todo lo que nace en un garaje y se convierte en una multinacional es monopolio. Pero no soy quien para opinar, soy sólo un currante de la pluma, y cuando viene una madre y me suelta: «¡Usted salvó a mi hijo con tal libro!»... No, perdone, yo no he hecho nada. Lo único que hago es documentarme y estar a pie de obra, visito hospitales y hablo con los chicos que padecen anorexia y otros desórdenes, es parte del trabajo de mi fundación.

Hábleme del suicidio adolescente, que sigue siendo un tabú social. ¿A quién beneficia este oscurantismo, quién lo sustenta?

Cuando hay un golpe de Estado, ¿a por quién van en primer lugar?, A por los intelectuales, artistas y escritores. El libro es libertad, y por ello da miedo, entonces los golpistas queman libros, y las malditas ampas de los colegios atemorizan a los maestros cuando han elegido un título que les disgusta. No, perdone, debatir en clase asuntos vitales no es peligroso, es necesario. ¿Le he contestado?

Sí. ¿En cuántos casos reales está basada esta historia?

Es la suma de varios, pero fíjate que aquí el suicidio es un acto puramente instintivo, casi casual, no premeditado; lo que quiere decir que cualquiera puede cometerlo y es precisamente esta fragilidad lo que yo detecto en los adolescentes, y lo que me preocupa.

¿Tiene algún trasfondo personal la novela?

Como me dijo un día un gran editor: «Tu vida no le importa a nadie: haz novelas». No, no suelo utilizar mis vivencias para construir historias.

Sin embargo ha contado toda su vida en un cómic, con pelos y señales.

Sí, pero eso fue algo aparte, y ahí quedó. 

Hablábamos del acoso, ¿sufrió alguna vez algo similar que le haya sensibilizado al respecto?

Yo era tartamudo y feo, y sí sufrí acoso escolar, los matones del colegio venían y me pegaban puñetazos, pero nunca me rendí; al contrario, aquello me hizo más fuerte. De lo segundo [la fealdad] nunca me he curado…

Ande, no sea falsamente modesto, que de joven molaba usted un montón: ¡mírese en esas fotos! [Sierra i Fabra es el historiador español del rock por excelencia, 30.000 elepés recorren la trastienda de su estudio; al frente, instantáneas con los más grandes, de los Rolling Stones a los Queen].

De la tartamudez me curé el día que dejó de importarme que se rieran de mí, y empecé a reírme de mí mismo. Nunca jamás fui a un médico, entonces era impensable, y más en mi familia, tan humilde. Luego a los 17 años leí El manantial [de Ayn Rand, novela psicológica], que me hizo decidir ser quien soy, y establecí mi código ético: paz, amor, respeto, honradez y esperanza. Entonces ya no tuve duda, iba a ser escritor, lo que soñaba desde que a los 8 años estuve tiempo hospitalizado, porque atravesé una puerta de cristal y casi me amputan un brazo y la nariz se me desprendió. Mi padre lloró lágrimas amargas al saber de mi vocación: ¡nadie vivía de la escritura en aquel entonces!

Entiendo que accede a estos «casos» reales a través de su fundación. ¿Cómo opera en la investigación y el apoyo a la salud mental de los más jóvenes?

La fundación ubicada aquí, en L’Hospitalet [Barcelona], además de promover la literatura y las artes, acoge a un grupo de psicólogos que dan clase a niños con problemas de aprendizaje, y ahí detectan quiénes necesitan ayuda especial. La fundación nace en 2004 con la idea de acercar la literatura a los niños en los hospitales, o sea lo contrario que hacen los futbolistas por Navidad llevándoles regalos para hacerse la foto. No, aquí no hay fotos ni promoción, lo hacemos la semana de Sant Jordi, somos ya unos 50 autores e ilustradores que llevamos nuestros libros a todos los hospitales infantiles de Barcelona. Y así fue como yo me centré en los dedicados a psiquiatría: voy, les cuento historias, les escucho y le cuento mi ejemplo de superación, cómo un niño pobre y tartamudo se convirtió en escritor. Soy un «utópico posibilista», y los terapeutas me dicen que les motivo y que les hago sentirse importantes. 

He visto un vídeo grabado en una escuela de Colombia donde le reciben como si fuera un ídolo de adolescentes a lo Justin Biber -y seguro me quedo anticuada-. ¿Qué está aportando a los jóvenes en este y otros países de Latinoamérica?

Trabajamos desde Medellín por toda Antioquia, Perú y Ecuador. Han llegado a trabajar en ella más de 100 personas, llevando una biblioteca de varios centenares de libros a los pueblos, barrios, comunidades; hemos sacado a tanta gente de la guerrilla y del narcotráfico… Hablo de miles de personas que cambiaron su vida gracias a la lectura. El exalcalde y gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, que fue candidato a la presidencia del país, ha llegado a decir que Medellín dejó de ser la ciudad más violenta del mundo gracias a gente como yo que había apostado por la cultura. Soy muy leído en Latinoamérica, en la última Feria del Libro de Guadalajara [la Fil, México] llené un auditorio con 1.500 jóvenes, es mágico. Como un día me dijo Alejandro Jodorowsky, si la vida te ha dado algún don, has de devolverle como mínimo un 10%. Eso hago, también a través de mi premio literario que promueve la escritura.

¿Habrá tarea más ardua hoy que fomentar la lectura y la escritura entre jóvenes que, paradójicamente, tienen la biblioteca mundial al alcance de un clic?

Yo siento que tengo que hacerlo, por ética, lo peor es caer en la indiferencia. El premio está ayudando a descubrir a los autores del futuro. Todos los premiados [el certamen cumple 20 años] han publicado y vendido mucho, y los primeros de «mis niños», así los llamo, ya están viviendo de su escritura.

Los jóvenes se aburren leyendo, libros versus máquinas. Usted, que es padre y ahora abuelo, ¿cómo se ha enfrentado y enfrenta a estas actitudes antilectoras? ¿Sus hijos no se le han rebelado con actitudes iletradas?

No, mi hijo es un lector voraz, y mi hija una gran economista, ninguno de los dos ha rechazado la lectura. Yo creo que es más importante leer que estudiar, porque la lectura te toca más y te deja poso dentro. Pero hoy en día, sí, todo ha de durar 20 segundos: asusta lo que está pasando.

¿A dónde cree que irán estas generaciones sin lectura ni cultura?

No sé, pero lo que viene siempre asusta. Lo peor es que les hace gracia su ignorancia, porque la sociedad premia la burricracia. Pero la cultura se absorbe leyendo, sin duda, y los libros te dan referentes: siempre hay un libro que entre los 15-20 años te cambia la vida. 

Hábleme de sus orígenes en el pop: ¿ser rockero o no ser, tal era la actitud en aquella juventud?

Bueno, mis raíces estaban en Igor Stravinsky, pero luego los Beatles me hicieron rockero y Bob Dylan me dio las palabras. Yo trabajé desde muy joven en lugares bastante siniestros [en la construcción entre otros], hasta que a principios de los 70 me llaman de la revista Disco Expres, porque entonces publicaba en El Gran Musical, para sustituir a Joaquín Luqui como director. Siempre digo que entonces nací, con 22 años: por fin tenía un empleo en el que escribía y cobraba un sueldo digno.

Ahora se escucha decir que los poderes públicos entonces fueron permisivos con la entrada de drogas para mitigar la protesta política. ¿Qué opina? ¿Y cuántos se le quedaron a usted por el camino?

Se quedaron muchos, pero yo siempre fui un rockero raro, porque no he probado ni un canuto en mi vida: no entiendo lo de colocarse. No había oído eso que dice de los políticos…

Hombre, Enrique Tierno Galván lo dijo alto y claro en 1984: «¡Rockeros: el que no esté colocao que se coloque… y al loro!».

Porque era lo que había, lo popular, aquella movida de Madrid que fue un sucedáneo tardío y malo del rock progresivo que se hacía aquí en Cataluña ya desde el 69, con muy buena técnica y músicos de conservatorio. O del rock flamenco, tan auténtico y muy anterior. Pero, claro, en Madrid estaba la pasta y estaban las discográficas. Como historiador me siento obligado a explicarlo.

Jordi, rock and roll, will it ever die?

Por ahora no ha muerto: seguimos en la era rock. Desde que nació la guitarra eléctrica, en los 50, ningún concepto nuevo lo ha rebasado.