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A BABOR FRANCISCO POMARES

Mujeres

8/mar/19 6:21 AM
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La emancipación de la mujer se ha construido sobre tres hitos históricos claves: el primero, la lucha de las sufragistas por el derecho al voto; el segundo, el acceso masivo de las mujeres a los puestos de trabajo de los hombres durante la Segunda Guerra Mundial y su rechazo a abandonar esos puestos al terminar la guerra y volver los hombres del frente; y el tercero, el descubrimiento de la píldora y la generalización de los métodos anticonceptivos que lograron dar a la mujer el control sobre la reproducción. Todos esos derechos -políticos, laborales y de control reproductivo- aparecen y se generalizan en el siglo pasado, pero no han logrado cambiar del todo la situación de quienes hoy representan algo más de la mitad de la población del planeta.

Es cierto que desde mediados del siglo pasado el crecimiento y expansión de la autonomía de las mujeres ha sido imparable, con éxitos como el reconocimiento formal de la igualdad de derechos, la superación del control religioso y patriarcal sobre el cuerpo femenino, el acceso real al poder político, o la política de cuotas y cremalleras asumidas socialmente como mecanismos de discriminación positiva.

Pero también es evidente que falta mucho por hacer: la explosión del rechazo organizado (y mediático) del mundo artístico al sometimiento sexual y a los abusos, se ha convertido en detonante de un debate por primera vez abierto y sin tapujos sobre las formas en que se perpetúa en las relaciones entre hombres y mujeres la dominación, el abuso, la agresión e incluso el asesinato. Y luego está esa otra cuestión clave, que es la desigualdad: una desigualdad obvia y asumida, que se sostiene sobre la segregación laboral, la diferencia en los salarios, el bloqueo de las posibilidades de ascenso profesional y un reparto absolutamente desigual e injusto de las cargas familiares, el trabajo doméstico y los cuidados a niños y ancianos. Mecanismos todos ellos que funcionan gracias al egoísmo, el desentendimiento o la complicidad de los hombres.

Sobre el papel, la igualdad de derechos existe en una gran parte del mundo. Pero la realidad no acompaña lo que dicen los papeles, ni siquiera en las sociedades más democráticas y desarrolladas. Por eso, hoy es un día especial y necesario. No solo porque esta huelga que es mucho más que una huelga en el sentido clásico suponga la continuidad de un proceso al mismo tiempo institucional y revolucionario que es imparable, y que persigue la superación de un estigma social y cultural que acompaña a la Humanidad desde el inicio del neolítico, hace 9.000 años, cuando la acumulación de excedentes agrícolas, el sedentarismo y la aparición de la propiedad convirtieron a las mujeres en cautivas del patriarcado. También porque esta huelga y las movilizaciones planetarias que la acompañan son el resultado de un cambio íntimo en centenares de millones de seres humanos que persigue la verdadera igualdad entre hombres y mujeres, y la aceptación por los hombres de que es ya tiempo de acabar con tabúes, complejos y miedos masculinos, de que estamos viviendo el inicio de una gigantesca transformación pacífica -y global- de los roles sociales tradicionales, establecidos en función del sexo (no elegido) con el que nacen las personas.

Más allá de la crítica razonable a los excesos y radicalismos que anidan siempre en los límites de cualquier movilización masiva, es sorprendente que aún existan resistencias políticas al surgimiento de una conciencia colectiva por recuperar la autonomía, el orgullo y la memoria de quienes son la sal de la tierra. Esto no va de derechas e izquierdas, ni de radicales y moderados, ni de liberales o socialistas. Esto va de mujeres y hombres, de eso va. Quien decida quedarse al margen del cambio que estamos viviendo se queda fuera de la Historia.

A BABOR FRANCISCO POMARES