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A BABOR FRANCISCO POMARES

Europa

11/mar/19 6:28 AM
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Ocupados como estamos en la fiesta del desguace nacional -que esta temporada se nos presenta en formato de elecciones- parece que hemos olvidado que tras las próximas legislativas -las que de verdad nos ocupan, las que nos dividen y enfrentan- tenemos también unas elecciones europeas solapadas a las regionales y locales. Algunos las califican de elecciones históricas, porque en ellas se enfrentan dos opciones incompatibles de entender Europa: una comunidad de naciones que buscan la integración de sus sociedades, o un pasado que nos define y diferencia de los demás. Instalados en el adanismo y la exageración, a los políticos les resulta fácil colocar el marchamo de histórico a cualquier acontecimiento en el que se sienten implicados. Pero es verdad que en esta ocasión, en las elecciones europeas participan grupos políticos con dos modelos antagónicos, sobre lo que puede ser Europa y lo que debe representar para el conjunto de las naciones.

La reciente historia de España ha vivido dos acontecimientos fundamentales: la transición política de la dictadura a la democracia y la incorporación a Europa, apenas una década después. Pocos pueblos han celebrado con tanto entusiasmo su integración -una suerte de patente democrática, de pertenecer al mayor club de países en libertad del planeta- como lo hizo el pueblo español. Aquí no se levantaron apenas voces criticando la renuncia de soberanía que suponen las leyes y directivas comunitarias, o los rígidos formatos sobre la deuda y el déficit. Quizá porque durante más de dos décadas, hemos disfrutado de las ventajas de no ser contribuyentes netos, de recibir más de lo que damos. Pero la crisis dio al traste con todo. Europa salvó la deuda conteniendo el gasto, sacrificando a las personas más débiles y a los territorios más pobres; la emigración ha sido mal resuelta endosando a Alemania el pago de la mayor factura económica y social; y los populismos se extienden por el continente, gobiernan Italia y provocan el desastre aún por resolver del brexit. Europa carece de una política exterior y de defensa propia, de una frontera realmente común, y hasta su único éxito -el euro y la libertad de los mercados- es hoy ampliamente discutido.

El presidente francés, Enmanuel Macron, en un gesto sin precedentes, publicó hace ocho días un artículo-manifiesto por Europa en el que proponía cambios sustanciales de las políticas europeas, con especial énfasis en cuestiones como el fortalecimiento de sus instituciones, la coordinación de las políticas migratorias, de exteriores y de defensa y la lucha contra el cambio climático. También propuso Macron la creación de un salario mínimo europeo y la mutualización de la deuda. Ayer fue contestado por quien debiera ser su principal socio en ese empeño, la mujer que sucederá a Angela Merkel, Annegret Kramp-Karrenbauer, líder de los conservadores alemanes, que ha publicado un largo texto en el que cuestiona las políticas sociales y de mutualización propuestas por Macron. Alemania quiere menos centralismo europeo, entre otras cosas porque suele ser ella quien paga los excesos.

Algunos interpretan esta respuesta como una ruptura evidente del frente proeuropeo. Y no es así: Europa funciona en el contraste y la diferencia, se forja en los compromisos y las renuncias. Porque hay coincidencias y puntos de acuerdo muy importantes entre Francia y Alemania, suficientes para avanzar en acuerdos que frenen el despropósito nacionalista e impidan el ascenso de los populismos. España debería estar ahí, en los debates y acuerdos que de verdad cambian la historia y la vida de las personas. Pero andamos entretenidos en el tradicional todo o nada de la política española. Perdiendo el tiempo con nuestras miserias, nuestro frentismo irredente y nuestra irresponsabilidad.

A BABOR FRANCISCO POMARES